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Hoy hablamos episodio 2186 Ruth Cocker Barks bienvenido a hoy Hablamos, el podcast para aprender español cada día.
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El primero de diciembre es el Día Mundial del SIDA, una fecha que se eligió para concienciar sobre una enfermedad que empezó a detectarse a principios de los años 80.
En el episodio de hoy conoceremos a una mujer que en los primeros momentos de la enfermedad dejó los prejuicios a un lado, puso la humanidad por delante y ayudó a los enfermos de SIDA.
Hay veces que desde nuestro tiempo presente somos incapaces de entender en toda su globalidad cosas que pasaron en el pasado.
Sí, podemos comprender y entender los hechos, pero cuesta ponerse en la piel de los que lo vivieron.
Y por eso a veces es de mucha ayuda leer libros sobre el tema o ver películas que nos lo cuenten.
Hay una película del año 1993 llamada Filadelfia, que en su momento fue una auténtica revolución.
La historia de Jeffrey Bowers, un abogado que fue despedido de su empresa después de que se supiera que tenía SIDA.
Y con esa película, Hollywood dio voz a la discriminación que sufrían los pacientes de VIH en los 90, principalmente los homosexuales.
Porque detrás de toda esa discriminación había una profunda ignorancia, pero también una profunda homofobia.
Para que te hagas una idea, al SIDA se le llamaba cáncer gay y los enfermos eran repudiados y aislados por medio del contagio con solo mirarlos.
Del odio del público en general, de nuestra repugnancia, nuestro temor a los homosexuales, y de cómo ese clima de odio y temor desembocó en el despido de este homosexual en particular, mi cliente, Andrew Beckett.
Es hablando de gente como nuestra protagonista, de Ruth Coker Burks, una mujer que dejó todos esos prejuicios a un lado y trabajó para ayudar a los enfermos de SIDA.
Vamos a conocerla porque es una auténtica heroína cuya historia merece la pena conocer.
Sobre todo en este ambiente navideño, donde siempre es agradable escuchar historias de héroes y heroínas anónimos.
Esta es una historia triste por las terribles historias de los pacientes de SIDA, pero.
La parte de la historia que nos interesa de Ruth Cocker Barks empieza en el año 1986.
En ese momento ella tenía 26 años, era gente inmobiliaria, tenía una hija y estaba divorciada.
Para que conozcamos bien la labor de Ruth, es importante que sepamos dónde vivía.
Todos se fijan en todos y te harán saber si estás haciendo algo que consideren inapropiado.
A todos nos pasa a menudo que hay cosas que pasan en el mundo y son importantes, pero las ignoramos o no sabemos mucho sobre esos temas.
Si eso nos pasa Ahora, imagínate en 1986, cuando no había redes sociales ni Internet y la información no iba tan rápido como ahora.
Te cuento esto porque, aunque por aquel entonces la epidemia del SIDA era un hecho, ella no sabía mucho del tema.
Resulta que Ruth tenía una amiga que era enfermera y que trabajaba en un hospital.
Ella iba a visitarla con frecuencia y por eso se hizo amiga del resto de las enfermeras.
De repente, Ruth se fijó en la puerta de una habitación donde había una bolsa roja que parecía de riesgo biológico.
Pero lo que le llamó la atención de verdad es que en la puerta había bandejas de comida sin tocar, apiladas unas sobre otras.
Estaba claro que nadie había entrado a darle la comida al paciente que estaba dentro.
Atención a lo que cuenta ella sobre la actitud de las enfermeras con respecto al paciente que estaba dentro de esa habitación.
Las enfermeras que yo había llegado a querer tanto estaban sorteando quién entraría y chequearía a un paciente.
Luego se iban a sus otros asuntos con como si nunca hubieran decidido quién lo haría o como si no hubiera un paciente ahí.
Y mientras Ruth estaba observando la habitación de ese paciente, donde estaban las bandejas de comida, escuchó a la persona de esa habitación pedir ayuda.
Después de esa llamada, Ruth volvió a la habitación del chico, le cogió la mano y se la acarició.
Ruth decidió hacerse cargo de sus cenizas porque ni siquiera apareció alguien para enterrarlo o realizar el funeral.
Era algo muy común en aquella época que las personas que morían de SIDA no pudieran ser enterradas en cementerios normales.
A los pocos días recibió una llamada de una monja que la dejó sorprendida, pero que sería el inicio de su encomiable labor, tal y como cuenta Ruth.
Había una monja que dirigía un hospital y dijo que tenía a uno de mis pacientes para mi hospital.
Así que Ruth decidió hacerse cargo de él y proporcionarle todo lo que comida, alojamiento, cariño y acompañamiento.
Todo lo que sabía sobre cómo cuidar a un enfermo lo fue aprendiendo sobre la marcha, por pura necesidad.
Aprendió a poner inyecciones, a cambiar sondas, a curar heridas, a dar medicación.
Por ese motivo, los hombres que llegaban a Ruth no tenían a nadie que los ayudase.
Muchos de estos hombres, además le pedían algo todavía más que no avisara a sus familias.
Algunos tenían tanto miedo al rechazo, tanta vergüenza o tanto dolor acumulado que preferían morir sin que nadie de su familia lo supiera.
En esos casos, Ruth era literalmente la única persona que los acompañaba en sus últimos momentos.
Les proporcioné todo lo que pude para que vivieran la mejor vida posible hasta que murieran.
Las llamadas se fueron multiplicando y cada vez eran más los hombres que acudían a ella en busca de ayuda.
Y todo esto, además, Ruth lo hacía sin recibir ningún tipo de salario ni ayuda económica.
Usaba su propio dinero para comprar comida, medicinas, ropa y todo lo que hiciera falta.
Muchos de los casos fueron de jóvenes que vivían en ciudades más liberales, como Nueva York.
Y cuando enfermaban, volvían a su ciudad natal, a esta ciudad sureña conservadora, para buscar ayuda en sus casas.
Volvían con la esperanza de que sus padres los cuidaran, pero estos lo rechazaban.
Incluso en muchos casos, como hemos comentado, tenían el rechazo de sus propias familias.
Ella misma contó que llegó a tener varias camas en su casa ocupadas al mismo tiempo, cuidando a diferentes enfermos.
En muchos casos, cuando los hombres que Ruth cuidaba morían, nadie de sus familias reclamaba los cuerpos.
Y entonces era ella quien se encargaba también de esa última organizar el entierro, conseguir un ataúd sencillo, pagar los gastos cuando hacía falta y asegurarse de que no terminaran en una fosa común.
A varios de ellos incluso los enterró en esa parcela donde estaba su propio padre y el primer chico al que atendió, Jimmy, porque era el único lugar donde podía darles una despedida digna.
Pero claro, vamos a pararnos un segundo para ver cómo vivió toda aquella situación Ruth, dentro de una comunidad tan conservadora y en medio de un momento histórico donde el SIDA y los homosexuales eran el peor enemigo que había para algunas personas.
Dice ella que al principio fue complicado y ella misma sufrió el rechazo de la comunidad.
Poco a poco fue mejorando la situación, pero el desgaste emocional fue importante.
Porque claro, por un lado está el rechazo a ella y a su hija, el tener a toda la comunidad en contra y además hacer una tarea de buscar ayuda en la que parece que nadie quiere ayudar.
Y por otro lado, el desgaste emocional de estar cinco años cuidando a pacientes terminales y viendo morir a tanta gente.
Algunos murieron y otros sobrevivieron cuando los tratamientos empezaron a funcionar.
Pero todos encontraron en ella algo que no encontraban en ningún otro Compañía, dignidad y cariño.
Como ella dice, hizo que mi trabajo quedara funcionalmente obsoleto, lo cual fue genial.
El reconocimiento a su labor llegó varias décadas después y la han apodado el Ángel del Siddha.
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