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El filósofo chino Lao Tzu dijo una frase muy la naturaleza no se apresura y sin embargo, todo se lleva a cabo.
Si has ido alguna vez a comprar plantas a un vivero, habrás visto que normalmente se dividen en dos grandes las de interior y las de exterior.
Pero, ¿Y si te dijera que hay plantas que crecen en un espacio pequeño que y cerrado y que además no tienes que regarlas?
Son esa especie de jardines en miniatura que están dentro de un recipiente transparente y sellado.
Pero si queremos ser más técnicos, podemos decir que un terrario es un ecosistema cerrado y autosuficiente.
Es decir, todo lo que está dentro, las plantas, la tierra, el agua, se mantiene en equilibrio sin que tengamos que intervenir desde fuera.
Dicho así parece complicado, pero en realidad es la naturaleza haciendo su trabajo.
Las plantas necesitan varias cosas para agua, luz, calor, nutrientes y dióxido de carbono.
A través de sus raíces absorben el agua y los nutrientes de la tierra, y con la luz hacen la fotosíntesis.
Transforman el dióxido de carbono en oxígeno y en azúcares, que son el alimento de la planta.
Gran parte del agua que la planta absorbe la transpira, es decir, la suda por las hojas.
El vapor se condensa en el cristal y después cae otra vez a la tierra en forma de gotas.
Un pequeño ecosistema autosuficiente donde las plantas viven en sus condiciones soñadas, con un 100 de humedad.
Para responderlo, nos vamos a la Inglaterra del siglo XIX, donde vamos a conocer a Nathaniel Ward, un médico apasionado por la botánica.
Todo el mundo cultivaba plantas y había una verdadera fascinación por las especies exóticas.
Por mucho que lo intentaba, sus helechos se le morían por culpa del aire viciado de la ciudad.
En definitiva, en las grandes ciudades de la época era complicado tener plantas porque el aire las acababa matando.
Como era un gran observador de la naturaleza, decide guardarla en un frasco sellado con un poco de tierra para ver cómo se transformaba en mariposa.
Sin embargo, la transformación de la polilla pasó a un segundo plano porque empezó a pasar algo mucho más interesante dentro del frasco.
El agua se evaporaba con el calor del día, se condensaba en el cristal y caía otra vez a la tierra.
Algo que a estas alturas y después de nuestra clase de ciencias, ya sabemos cómo funciona.
Pero además, al poco tiempo, Word se dio cuenta de que en la tierra había brotado un poco de musgo y un helecho.
Cuatro años en los que la naturaleza siguió su curso hasta el punto de que la hierba que había crecido llegó a florecer.
Con el tiempo, el sello del frasco se oxidó, el aire del exterior entró y las plantas terminaron muriendo.
Pero Ward ya había descubierto algo muy una forma de mantener plantas vivas sin apenas cuidados.
Después de aquello, dio un paso más y mandó construir cajas de madera con cristales perfectamente sellados donde no entraba ni salía aire ni agua.
Así nació el terrario, aunque al principio no se llamaba así, sino la caja de Ward.
Su invento funcionaba muy bien en casa, pero Ward quiso llevar el experimento a otro nivel y someterlo a condiciones más extremas.
Pero ojo, oyente, no olvides que estamos en el siglo XIX y los viajes no eran unas cuantas horas de avión.
Las plantas iban en la cubierta del barco y, como te podrás imaginar, pasaban por todo tipo de temperaturas, desde el frío extremo hasta el calor más sofocante.
Sin embargo, las cajas de Word superaron la prueba sin problemas y las plantas llegaron a Australia en perfecto estado.
Esto fue un éxito enorme para el transporte de plantas porque hasta ese momento la tasa de supervivencia era solo del 5%, es decir, una de cada 20 plantas.
Esto dijo George Lodiges, un importante comerciante de plantas de la época que ayudó a Ward con el experimento.
Mientras que con el método anterior se perdían 19 de cada 20 plantas en el viaje, ahora 19 de cada 20 son las que sobreviven.
Y esto no solo permitió tener plantas exóticas en casa, sino que cambió el mundo en muchos sentidos.
A partir de ese momento, ya se podían transportar plantas exóticas y cultivarlas en otros países sin tener que depender de comprarlas en su lugar de origen.
Pasó con frutas como el plátano o el mango, que empezaron a formar parte de la dieta de la aristocracia inglesa.
También fue una revolución para el comercio del té, del caucho o de las especias.
En 1842, Ward publicó su libro sobre el crecimiento de las plantas en cajas acristaladas.
Gracias a estas cajas, la gente podía cultivar helechos u orquídeas en interior sin que la contaminación las matara.
Era una manera de tener un pedacito de naturaleza dentro de las grises ciudades industriales.
Pero no podemos terminar este episodio sin hablar de David Latimer y de su famoso experimento de la botella.
Todo empieza en 1960, cuando este señor inglés decide coger una botella de cristal de unos 40 litros y plantar dentro una pequeña planta del género Tradescantia.
Su idea era crear un sistema completamente autosuficiente, así que la dejó al lado de una ventana soleada y esperó a ver qué pasaba.
Doce años después, en 1972, Latimer abrió la botella por última vez para regarla y la volvió a sellar herméticamente.
Pues que la planta sigue viva y creciendo dentro de la botella sin recibir ni una sola gota de agua del exterior.
Más de 50 años después, sigue siendo un perfecto ecosistema autosuficiente gracias al ciclo que ya hemos explicado antes.
En este tipo de experimentos también se ha interesado la NASA, porque mantener vivo un ecosistema completamente sellado podría ser clave para la supervivencia humana en el espacio.
Pero bajando de nuevo a la Tierra, oyente, un terrario es una opción maravillosa para tener en casa.
Es como tener un pequeño pedazo de naturaleza al alcance de la mano y poder observar cada día la magia del ciclo de la vida.
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